Con tantas libretas, folios arrugados, márgenes de libros y servilletas de papel que llevo llenando años y años (en resumen, cualquier superficie "escribible"), me planto ante el ordenador, coloco las manos sobre el teclado y ... nada.
Un día duro en la universidad, muchos trabajos, calor (febrero en Galiza no es así, maldito Madrid ¬¬) calor, calor... calor que me nubla la vista. ¿Sólo lo noto yo? Me cuesta respirar, y el aire no se mueve en la clase. Opto por marcharme, caminar hacia la puerta y tomar la primera bocanada de aire que entre en el edificio. Pero, en cambio, salgo y hace sol. Me pongo las gafas pero me ciega. Y el calor del edificio es demasiado insoportable. Todo a mi alrededor me parece ondulado, como en los desiertos de las películas. No entiendo qué me pasa, pero me empiezo a encontrar realmente mal. El camino al metro se hace eterno, solo rezo por que allí abajo no se repita el calor sofocante. Y me equivoco. Nada más subirme a las escaleras mecánicas, una bofetada de aire espeso me da en la cara. La mochila me pesa cada vez más. Las 9 paradas de metro se me hacen insoportables, agarrada a una barra resbaladiza que evita que mis piernas cedan ante mi peso.Por fin en la residencia, agua fría en la cabeza y me dejo caer en la cama, aún deshecha.
Y ya veis, al final sí que he escrito algo.
martes, 24 de febrero de 2009
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